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domingo, 25 de febrero de 2018

"Hero - Carmina", poemario de Ricardo Rubio comentado por Cesc Fortuny i Fabré



HERO CARMINA. En el principio era el Verbo.

El epígrafe de Thomas Carlyle, que abre las puertas de esta obra, representa un hilo, una columna vertebral donde se sustentará el periplo del héroe. El título no engaña, Hero Carmina, poema para y por el héroe. Poesía ya no heroica, sino escrita desde la heroicidad, desde las tripas mismas del acto vital, de la mirada al pozo y de la autoconciencia El salto de fe al abismo de saberse, de autoconocerse. Las canciones del héroe, la consciencia, la vida.

Según el evangelio de Juan, “En el principio era el verbo ...” así en nuestro Hero Carmina, Ricardo Rubio nos dice en el poema  Tierra de Lid “... Luego llegan las mañanas del alfabeto: las líneas cruzan el papel y el lápiz cristaliza la memoria ...”  Al igual que un discurso, nuestra mente se construye, se forma, y como decía W.S. Burrougs, el virus del lenguaje se encarga de estructurar nuestra mente, de dar nombre a sensaciones y a conceptos que nos serían del todo ajenos.

Sin ninguna piedad, el poeta nos advierte que “ ... Tiznado, entre la inercia y los sueños, el héroe empieza a vivir jugando al desenlace. ...” ya que de ese inconsciente que colapsa, nace la voluntad, el empuje o la libido si lo prefieren los más freudianos, que nos arrastra río abajo. Siempre el mismo lecho, siempre distintas aguas.

Una vez hecho el salto, una vez conseguido el desequilibrio que mantenía la balanza, el consciente se va formando al dar nombre a las cosas, y al hacerlo, se va formando a sí mismo. Como un mantra eterno que no quiere despertar, pero que al ser recitado en voz alta, despierta a su emisor. Muy descorazonador resulta la insistencia de Rubio en recordar el azar, el caos inherente a la creación, el doloroso sinsentido de la existencia: “Nos es dado este fragmento para intuir la luz,/ para verla nacer y morir en manos de la ruina,/ para ser y no ser entre raudales de azar,/ para fatigar su índole,/ su esencia de secreto,/ su afonía.” Descorazonador, sí, pero terriblemente bello.
Cesc Fortuny i Fabré

Para el poeta, es ya toda una heroicidad, roer ese estadio preconsciente, ese cálido útero de la mente, en el que ésta funciona de otra forma, con otros códigos probablemente mucho más naturales, así “... el niño funda la sustancia silábica,/ una intención de lumbre en el sonido ...” 

Llama la atención la pulcra construcción gramatical, el quirúrgico dominio de las palabras, imposibles sin un oficio sólido, sin una experiencia asentada. Algo que me induce a pensar en una madurez, en un control de las riendas, que permite hacer y deshacer al poeta lo que le viene en gana. En esta primera parte del poemario, me resultan muy destacables  los versos del poema La lucha interior del adalid: “Veo la oscuridad/ y no sé si la noche es la de afuera.”  Esta certera simplicidad con la que se expresa en ocasiones, contrasta con el complejísimo discurso que encierran las palabras.

Las estructuras de los poemas suelen contar con versos flotantes, lapidarios, sentencias que sepultan inmisericordes, y que resonantes, rebotan en nuestra memoria inmediata. Estos versos flotantes, son usados en ocasiones tanto a principio, a mitad o al final del poema, amén de ser usados en las tres ocasiones a un tiempo. Pero es para mi gusto el verso flotante final, el que actúa de rúbrica, el que encierra el secreto y la sorpresa, es como digo, la losa que el héroe debe soportar en su largo recorrido.

Los versos en forma de pregunta interrogan al héroe sobre el mundo que le rodea, le sitúan y le anclan poco a poco en esa realidad que se construye con el discurso, con la interpretación.

Si la primera parte del poemario es la niebla de los sueños, el preconsciente, la segunda es la asunción de la no heroicidad,  “No habrá juglares ni trovas/ para el héroe de todos los días./ Será diminuto, invisible,/  un latido al azar.” o en otras palabras, la desaparición de las formas mágicas, y la aparición de lo cotidiano, y a su vez, el hecho de que lidiar con ello, con lo cotidiano digo, será de facto, toda una heroicidad.

El poeta se pregunta cual es el sentido de todo lo estructurado hasta el momento, de la vida tal y como se entiende en la edad adulta, del conjunto de convenciones que nos permiten relacionarnos y socializarnos. Aquí, las preguntas interrogan al héroe sobre su naturaleza, sobre el trabajo de construirse y sobre su construcción misma, pues el héroe, desprovisto ya de la certeza de la inocencia, cuestiona y se cuestiona el mundo y a sí mismo. “Sé que respiro,/ aunque ignoro el sentido de la inercia./ Sólo intento superar la asfixia,/ la opresión, el tedio, la acidez,/ la desolada esperanza de equidad./ ¿Dónde, la lógica, el juicio, la razón?”.

Cesc Fortuny i Fabré - Ricardo Rubio - Marian Raméntol (2014)

Los propios interrogantes, las preguntas, son los dragones contra los que debe lidiar, aún a sabiendas de que la victoria es imposible. Son los molinos de un Quijote enloquecido ya por su propia locura. Ya no hay hadas ni duendes, y aunque se intuya futuro, el pasado empieza a doler mucho más.

El héroe es presentado aquí como un ser que busca, una vez asumida la destrucción de lo mágico,  una justificación para la existencia, una excusa que resucite el motor, la voluntad primera que lo desencadenó todo. Un retorno imposible a ese desequilibrio inicial, al Big Bang.

Especialmente demoledor se me antoja el poema Parpadeos de un derrotero heroico, donde se exploran con crudeza las sensaciones de desconsuelo y decepción propias de la vida, de la asunción de la vida, del espeluznante resultado de hacer balance. La crisis. Citaría entero el texto, pero me quedaré con el verso final “Ningún espejo descubrirá mi ausencia.”  donde la tragedia del vampiro es una metáfora arrasadora y brillante, sobre la terrible sensación de indiferencia que nos profesa lo externo hacia nuestra existencia.

Si pudiésemos hablar de nacimiento, vida y vejez, no sería esta última un remanso de paz, más bien parece que el poeta nos enfrenta a la derrota absoluta, a la destrucción de todos aquellos conceptos que creamos en la segunda parte del poemario, y que ahora han sido desenmascarados definitivamente. Una rendición, entiéndase, muy al estilo de Miguel de Molinos, quien nos hablaba de la aniquilación, el recogimiento, la muerte mística, la oración de quietud; y en definitiva, de la suspensión de la palabra y por ende del entendimiento.

Es en esta última parte, donde en el poema El desmayo a los pies de una estatua, aparece el magnífico epígrafe del poeta, narrador, dramaturgo y ensayista Omar Cao, “Sólo los elefantes/ vuelven para morir ...” Ricardo Rubio nos sumerge en la destrucción, en un Kali-Iuga particular, donde el héroe desbarata poema a poema, deconstruye verso a verso, todo cuanto había parecido asentado. La soledad y el silencio, son ya compañeros de viaje, son hermanos, padres y madres que se proyectan en antiguos espacios familiares, lugares que una vez revisitados, aportan la paz de la derrota. “... la noche apacigua las heridas/ y el silencio es pan del bueno/ antes de empezar a soñar. ...”

Si existe un final, es el principio, ese en el que nada tenía nombre, donde todo estaba por descubrir, por hacer, un alzheimer deseado y liberador. La fusión con el niño y con todo. La extinción.

Cesc Fortuny i Fabré, 
Monistrol de Montserrat, 2018

domingo, 1 de abril de 2012

EL COLOR CON QUE ATARDECE, poemario de Ricardo Rubio, por Alberto Luis Ponzo


"El color con que atardece", de Ricardo Rubio. Tapa de la segunda edición, arte de Mónica Caputo.

CONTRATAPA DE LA PRIMERA EDICIÓN por Alberto Luis Ponzo.

Si una breve apreciación acerca del trabajo poético puede parecer poco valorativa, al adelantarse algunas líneas expresivas o formas de mayor gravitación, en el caso de “El color con que atardece” sería arriesgada una tentativa de interpretación que no dejara lugar a las diversas experiencias  literarias de Ricardo Rubio (ensayo, narrativa, filosofía y teatro). Todo esto es lo que respalda, y acaso condiciona, la tónica de un libro que reafirma, no sólo una sostenida unidad poética, sino la presencia indiscutible de quien, con obstinación y  profundidad, ha dado el acento más destacable a una nueva generación.
Puede fijarse en los comienzos de la década del ochenta una patente renovación del lenguaje, con la visión de un mundo cambiante, cruzado de   conflictos, quebrado en sus ideales y en las mismas entrañas de toda representación como valor humano. Dentro de este marco “sentimos el corazón en la punta de los dedos”, escribe Ricardo Rubio;  “Inermes, nuestros brazos no retienen el alba”. O “nacemos para ir perdiendo la luz de las estrellas”. No abstante la devastación o el vaciamiento de los simples e imaginarios destinos del ser en este universo, puede haber salvación y, desde luego, un sentido mayor para todo quehacer artístico.

Ricardo Rubio se pregunta: “¿Dónde la magia, el sitio sagrado, el encantamiento? ¿Dónde ahora la belleza?” La respuesta está quizás no lejos de cada uno de nosotros. El autor de este libro, más allá de “Historias de la flor”, “Arbol con pájaros” o “Simulación de la rosa”, algunos de sus anteriores poemarios, abre aquí distintas posibilidades. Diálogos,  interrogaciones, a manera de una despojada búsqueda de  verdades absolutas, haciendo de “El color con que atardece” una obra, en esencia, ética y plena de imágenes reveladoras de una época donde el hombre “puede helarse de infortunio”. 
Alberto Luis Ponzo
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COMENTARIOS EN CONTRATAPA DE LA SEGUNDA EDICIÓN:
Graciela Maturo
Graciela Maturo:
No nos asombra que preceda al libro un texto preliminar con un epígrafe del Panchatantra. Toda la poesía de Rubio nos ha venido preparando para este encuentro con la sabiduría milenaria de los textos tradicionales. Ahora ve al hombre como el guerrero sagrado que cumple su destino de vértigo, lucha y amor. Reflexiona una vez más sobre las limitaciones de la raza, en la legitimación del saber poético, donde se encuentran sus íntimos personajes: el niño guerrero y el escriba nocturno. Estamos en la instancia que Martín Heidegger ha llamado Die Kehre, el retorno del hombre a su origen, y la vuelta del Ser al hombre. Me hace feliz dar la bienvenida a este libro de Ricardo Rubio y compartir la aventura metafísisca de su poesía.
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Elvio Romero
Elvio Romero:

Son estos versos de Rubio un diálogo con el destino, una canción a lo que la vida tiene de desolado, y hago suyo el acento de la musicalidad que casi no se encuentra en la poesía de hoy. El color con que atardece es uno de los pocos libros que reúnen la melancolía, la exhortación, la reflexión y la honda musa, y tanto puede ser cantado como estudiado. Héroe y escriba, joven y anciano, son circunstancias que tocan al hombre, al poeta o al hermano, un momento y un lugar que sirven a la metáfora para remontar el vuelo.
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Juan-Jacobo Bajarlía
Juan-Jacobo Bajarlía: 
Ricardo Rubio recrea los mitos, trata de ordenar el futuro como ese Tiresias de T. S. Eliot en “El sermón de fuego” de La Tierra baldía (III, vv. 218-220), o como ese Hanrahan de The Power (1928), de William B. Yeats, quien ebrio o sobrio irá por el alba para limpiar las lacras o las cenizas que alimentan a los humanos. La poética sonora de Rubio busca en la dimensión de esos seres míticos, que son el Guerrero y el Escriba, la elevación del hombre y la expurgación del cosmos, sabe que el mundo es un ser perecedero que morirá para rehacerse una y mil veces, como ya lo había intuido Zenón de Citio en el S. IV a. de J. C.


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PRELIMINAR (por el autor)
Tres tipos de hombres recogen
los dorados frutos de la tierra:
el héroe, el sabio consumado
y el que sabe servir.
Panchatantra, Libro I, sloka 45.


La vida no debería ser un simple entrenamiento físico para el tránsito, el trabajo y la final conquista. El niño que deviene hombre siente que su esencia de guerrero lo conduce hacia el vértigo, hacia la lucha y hacia la mujer. Un impulso primario de posesión alude a los elementos que la vida impone a sus individuos desde la oscuridad. El guerrero se desarrolla afín al camino y se perfecciona en la maestría de alguna especialidad, pero la presencia del niño en el núcleo de su ánima no desaparece, es el cimiento de un edificio que ha sumado altura con los años, son los  extremos de un mismo ser, distantes en tiempo y en templanza, que se bifurcan, que se dividen con una virtual cariocinesis que los enfrenta: uno, con las dudas y los deseos que la esperanza sembró en su alma; otro, con la sabiduría que el trayecto le ha ofrecido, roces a través de la niebla de la existencia. Así, el pasado intercambia ideas con el presente.
El racionalismo no admitirá jamás la idea de un propósito que invade las zonas más oscuras de la emoción, no validará una bilocación que atiende a la necesidad de aprovechar cada momento hasta el agudo. Convengamos que el niño guerrero y el escriba nocturno se encuentran dentro de una idea, en medio de un sueño que no pretende ser concepto ni metáfora —a pesar de las afirmaciones casi vehementes a lo largo del poema—, un lugar entre la tierra y el cielo. Ni el uno ni el otro aspiran a ser representaciones sensibles, sólo arrullan un sentido de oposición en cuanto a las formas de mirar y de sentir de un joven en vilo y de un anciano templado.
El hombre regresa al lugar de sus orígenes o muere solo. Su vida tiene algunas victorias y algunas derrotas, y con ellas, risas y lágrimas. Vuelve alguna vez al lugar donde nació y creció. Vuelve a la figura del padre, acaso él mismo, ya viejo y sabio. Esa doble identidad permite al mayor de los hombres el conocimiento absoluto del otro, pues no sólo lo contiene, sino también entrevé su devenir. Este conocimiento no otorga las ventajas que a primera vista parecen intuirse, solamente insinúa un remanso, un estadio de tranquilidad, cuando los recuerdos que vuelven al guerrero tocan los sueños del pasado. A raíz de la catarsis, cobra nuevas fuerzas y vuelve a las fricciones, como debe ser.
Ricardo Rubio
Rcardo Rubio

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* “Mejor Libro del Mes” por la revista Daphne dirigida por Gustavo Soler (2003).

* Mención Especial Única de la Secretaría de Cultura del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, bienio 2002/2003 (2009).

* Segundo Premio “Ariel Bufano” a la versión teatral (El escriba nocturno), otorgado por la Universidad de Morón (2004).

jueves, 22 de marzo de 2012

EL HOMBRE DEL TRAJE A CUADROS DE DIEZ COLORES que Llegó en la Carroza de los Días Patrios, novela de Carlos Kuraiem


El hombre del traje a cuadros...
El hombre del traje a cuadros...


Quemar a Mister Black, por Ricardo Rubio


Esta novela, El Hombre del Traje a Cuadros de Diez Colores Que Llegó en la Carroza de los Días Patrios, no simula la época que refiere ni los personajes que invoca y utiliza como abrigo estético uno de los primeros sistemas utilizados en literatura: el humor, la suspicacia, la ridiculización del drama, como ya lo fundara Aristófanes en la vieja Siracusa, aunque desde otra vereda ideológica, en la comedia burlesca de alusión.
La idea y la forma de la idea se funden aquí en un abrazo ético y estético, regalando a la posteridad lectora un panorama simbólico de la realidad social argentina de una época oscura.
En oposición, entre las muchas formas que Carlos Kuraiem podría haber elegido para la consumación de esta obra, optó por la ironía, la síntesis y la prosa poética; un sarcasmo solo inocente en apariencia -se me perdone el oximoron-, digo inocente porque la musa derramada a lo largo de los capítulos de la obra, incluso de los diálogos, suaviza una temática de fondo que solo podría hermanarse con lo siniestro, con lo atroz, con lo negro, tal vez por eso el autor dispone que el amo del poder se llame Mister Black y de vez en cuando lo apelen “negro”. Algo semejante había hecho no mucho tiempo atrás Manuel Scorza, el genial poeta y narrador peruano, autor de novelas inexorables como son Redoble por Rancas o Garabombo, el invisible. Scorza utilizó también el modo clásico: la división por capítulos, que por lo general relatan distintas escenas del mismo asunto o muestran acciones de distintos asuntos en virtud de un tema. Tenemos así varios cuadros o capítulos en El hombre del traje a cuadros…, como Los próceres, hermosísima conjetura con un fondo trágico, que es una alegoría o sumatoria de metáforas que podrían nutrir el mejor de los poemas:
Carlos Kuraiem
Carlos Kuraiem

“Parecen reales los hombres que hablan sentados alrededor de una mesa. ¿Qué mano los tramó? En sus labios inmóviles aún resuenan los ecos de sus voces muertas. ¿Qué se dicen? Puedo adivinarlo; hablan del pasado. ¿De qué otra cosa pueden hablar las estatuas?”
o Los cuadros de agasajo, que se realizan en Casa Negra, donde la imaginería se torna inagotable en sucesos y ocurrencias, sustentadas en la aguda picardía de los nombres: Mister Black, Oligarzo, Despotín, Monseñor Papirillo, que aluden al poder, a la regla, a los preceptos; Alto, Mediano y Bajo insinúan posiciones en el escalafón económico y cada uno es tratado según su altura; Plenipotente, Consejero, Eristos, motes que simplifican el texto al recurrir al común conocimiento del lector, quien además puede distenderse en una sonrisa; y otros muchos de menor relevancia que visten el cuerpo de esta obra notable tejida con este estilo tan poco frecuentado en nuestro medio.
Si bien, anunciada desde un principio, no podía estar ausente -como en casi ninguna novela lo está- la personificación del autor, que ahora se manifiesta como personaje: el Solista, músico interrogado por Mister Black, quien lo entrega a juicio y a los Retenedores, y a partir de allí se parodian varios pasajes de tonos más graves, que evocan, en cierto sentido, el monólogo de Segismundo, encerrado en su cárcel de piedra, en La vida es sueño de Pedro Calderón de la Barca, no por su clausura sino por la crueldad del destino.
Por un trecho no podrá distinguirse al autor del escritor:
“Algo así como lo que mueve las hojas de los árboles es lo que me mueve, pensé y partí con las manos llenas de viento y me hice una guitarra de flores con los recuerdos y pulsé los sueños y retomé el camino que nunca había dejado.”
El final, que no es propio sintetizar aquí, es un majestuoso pandemonio al mejor estilo ardiente de Max Frisch en Los incendiarios. Una obra imperdible por su ingenio, única en su registro y en su denuncia.
Carlos Kuraiem prometió continuación, y la merecería.

Ricardo Rubio
Ricardo Rubio

domingo, 18 de marzo de 2012

HISTORIAS DEL FIN, libro de cuentos de Jorge Bach

ACERCA DE LA RETICENCIA, por Ricardo Rubio

Historias del fin
Toda mujer u hombre, en algún momento de su vida, se hace alguna de las preguntas filosóficas elementales, si se me permite el exceso: algunas de las preguntas ontológicas elementales, aquellas que responderían el porqué y el para qué de todas las cosas, desde el punto de vista humano. Existe una enorme cantidad de libros sagrados, muchos de ellos escritos hace miles de años, en distintas latitudes y en innumerables idiomas, que demuestran que nuestra naturaleza a través de los siglos se ha preocupado por su conciencia de ser. Y acaso esa es la escritura: un intento de comprender, aferrar lo que sucede a través de la descripción de los sucesos, sucintamente y sin mentir: lo que nos sucede, apenas tergiversado.
Según el notable cuentista mexicano Juan Rulfo: “todo escritor que crea, es un mentiroso. La literatura es mentira”, pero luego sigue: “de esa mentira sale una recreación de la realidad. Recrear la realidad es, pues, uno de los principios fundamentales de la creación”.
Estas recreaciones de la realidad, estas Historias del Fin, de Jorge Bach, se ajustan a esa idea, la idea de la referencia de la realidad de un modo novedoso e inspirado, y puedo decir que ha logrado, dentro del espectro literario que conozco, dar también con los preciados caminos que todo autor busca con ardor: una voz particular y un estilo que lo caracterice, es decir, aquello que es lo más difícil de lograr cuando hablamos de arte. Él ha encontrado su propia voz, ha encontrado su cualidad.
Como no es oportuno adelantar en una presentación las tramas de los textos, me ceñiré de un modo general a esa pluma particular que Jorge Bach ha conseguido imprimir a su narrativa, y lo prueba con este, su primer libro editado.
Sería muy difícil hallar un antecedente del discurrir de estos relatos –cosa que es muy natural al momento de analizar una obra, es una obligación académica buscar comparaciones-.
Algunos pasajes, la ceñida síntesis de Historias del fin me sugirieron muy ligeramente una obra: Martedina, del italiano Giusseppe Bonaviri.
Martedina es una nouvelle o pequeña novela, también contemporánea y también muy recomendable, y cuya relación traigo a cita por lo ajustado del discurso que manejan tanto Bach como Bonaviri.
Pero no solo se trata de velocidad o de síntesis, también Mempo Giardinelli tiene en su narrativa muchos pasajes veloces, incluso Borges y Bioy Casares practicaron mayormente la síntesis, pero el modo en que lo hace Jorge Bach, el juego que utiliza para no decir lo que no quiere decir y para advertirnos que allí está lo que no dice, es único en el género.
Biblioteca Popular Manuel Belgrano, en Pinamar
Biblioteca Popular Manuel Belgrano, en Pinamar

No es raro que de este modo nos incluya en sus narraciones, nosotros, sus lectores, debemos estar allí para completar la historia con el oleaje de nuestra psiquis.
Cada cuento tiene de suyo la frescura de este nuevo milenio, frescura que se apoya en la agilidad discursiva y en un vocabulario variado que da forma a la exposición novedosa, que no solo se acomoda al tiempo en que vivimos sino también propone una nueva estética. Tenemos también todo lo que se refiere a los argumentos, donde lo cotidiano se convierte en carga esencial, intrigas que podrían haber sucedido o que pueden suceder; lo atractivo del imponderable, de lo inesperado, el misterio y los sucesos asombrosos, un juego donde las palabras son cómplices del ingenio: lo que en un momento nos parece atrapado por nuestra percepción se nos fuga, desaparece; lo que a cada paso estamos pensando que sucederá, finalmente no sucede o sucede de otro modo; y no utiliza la estrategia del engaño, habitual en los cuentistas tradicionales, no; en Historias del fin hay alusiones, alusiones de asuntos muy objetivos que componen alegorías donde la moraleja no se expresa, pero está allí, a muy pocos pasos.
Jorge Bach
Jorge Bach

El suyo es un estilo que yo llamaría de reticencia: por momentos solo se ve una parte de lo que el personaje ve y solo se sabe lo que el personaje quiere que se conozca, pues no delata sus pensamientos, o bien los delata, pero solo en parte. A veces no es el escritor quien narra, sino un personaje que se revela luego de avanzada la lectura.
En fin, más o menos de este modo aparece este formato narrativo que llamo ahora reticencia.
Consecuentemente, el lector no encontrará lugares comunes ni frases hechas que lo aten a la vaga generalidad ni a la consecuencia obvia. Considero a este último aspecto como muy importante, dado que el lugar común o la frase hecha no es sólo un elemento que se opone al arte sino también el modo de demarcar entre un trabajo literario mediocre y otro de excelencia.
Un lenguaje cuidado, un tono formal y moderno, la novedad en el tejido de las tramas, las estructuras compositivas donde la realidad se cuadricula, gesticula, salta de un paisaje a otro; las frases ingeniosas, la ceñida síntesis son los elementos que se ocupan de generar este estilo que llamo reticente.
Pero también en estas Historias del fin se manifiesta la responsabilidad filantrópica de Jorge Bach en su oficio de escritor, donde la familia ocupa un lugar preponderante, se preocupa de las situaciones de todos los días, de las cosas posibles y de las aparentemente imposibles, y las presenta con este nuevo cariz, con este nuevo estilo.
Y para aquel que valora la entrelínea y la simbología, encontrará muchos tópicos con los que se acentúa el valor ético de estas narraciones.
No estaría de más expresar que Historias del fin cumple con todos los requisitos del lector exigente, habituado a las buenas obras, a las buenas lecturas.

Ricardo Rubio
Ricardo Rubio