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Página de pequeñas prosas analíticas, opiniones y decires literarios; citas y notas sobre Libros de Poesía, Prosa, Dramaturgia, Ensayo, Filosofía, Arte en general, Misceláneas, Pensamientos, Reflexiones. Moderado por TINTA BUENOS AIRES.

lunes, 23 de abril de 2012

POESÍA DE INDAGACIÓN – CADA LUZ, de Alfredo Jorge Maxit, por César Cantoni

Cada luz, de Alfredo Jorge maxit


Dentro de su colección “Universo sur”, la editorial La Luna Que acaba de publicar “Cada luz”, nuevo poemario de Alfredo Jorge Maxit (Colón, Entre Ríos, 1942), autor que ha abordado también la narrativa, el ensayo y la crítica literaria. Ya la cita introductoria de Roberto Juarroz anticipa el propósito del libro: “Yo siento que el hombre sólo existe con referencia a algo que es mayor que él”. ¿Qué es ese algo indefinido e inaprehensible?, es la pregunta que anima la poesía de Maxit; poesía que se yergue ante al misterio como instrumento de asedio e indagación, no para obtener explicaciones ni develar verdades absolutas, sino apenas para conquistar –en palabras de Rafael Felipe Oteriño, tomadas del prólogo– “zonas de inteligibilidad allí donde hierba, alas, sol, pájaro tienen su dominio y la mente persigue las ondas del sentido”.
Alfredo Jorge maxit
No es extraño que Maxit, debido a su formación cultural, incluya en “Cada luz” numerosas referencias bíblicas, a partir de las cuales, a la vez que interpela a la naturaleza humana, intenta acercarse a la significación de lo creado. Precisamente, el poema inicial se remonta hasta el Génesis y “la pareja efímera”, como llama el autor a Adán y Eva, quienes, tras desobedecer a Dios y comer del “árbol del saber”, no se hicieron más sabios, sino sólo capaces de discernir el bien del mal. Pero la visión de Maxit acerca de la realidad es menos dogmática que cuestionadora. Así, en su búsqueda cognitiva, los poemas de “Cada luz” describen una especie de contrapunto o movimiento pendular entre la razón cosmológica y el relato religioso; vale decir, entre el orden celeste (“las mortales estrellas”) y el orden celestial (“el más allá del horizonte”).

Hay en el libro, sin embargo, un sesgo de gratuidad materialista que se evidencia en el poema “Cosas”: “Cosas son las cosas/ cuchara, lápiz// los seres/ roca, perro, árbol,/ hombre o mujer,/ oh cosa.// Cosas extendidas/ desierto, mar, noche.// Cosa la vida, la muerte/ como si tal cosa”. Más adelante, coincidiendo con lo expresado en estos versos, otro poema hace alusión a “la gratuita razón de los seres”, que no consiguen ver “más allá de las estrellas” y sienten un “Extraño regusto de lo Otro”. Con todo, Maxit no se resigna a aceptar solamente lo que los ojos le revelan y quiere ver –volviendo a citar a Oteriño– “más hondo y más lejos”, aun a sabiendas de que “la luz de la palabra” y “las pródigas imágenes” poéticas no serán suficientes para alcanzar su cometido: nombrar lo innombrable. Está claro que las limitaciones del poeta son, en este sentido, las de la condición humana misma para representarse aquello que la excede con otras figuras que no sean las terrenales, como puede apreciarse en “Semejanzas”: “El reino de los cielos se parece/ –decía el sembrador de la palabra–/ a las bodas de un hijo/ a un hombre que sale de viaje/ al grano de mostaza que llega/ a dar mucha sombra.// …// El reino de los cielos se parece/ a la tierra”.
“Cada luz” –puntualmente en el poema que lleva este título– se refiere a la luz de cada día, luz amable y bienhechora, que, sin embargo, como parte inescindible del misterio universal, devela y oculta al mismo tiempo. De igual modo, los versos de Maxit, epigramáticos y de carácter metafórico, “comparten…/ la voz con el silencio”, dicen y callan a la vez, a la espera de la intuitiva complicidad de los lectores.
César Cantoni
César Cantoni
La Plata, octubre de 2011

domingo, 1 de abril de 2012

EL COLOR CON QUE ATARDECE, poemario de Ricardo Rubio, por Alberto Luis Ponzo


"El color con que atardece", de Ricardo Rubio. Tapa de la segunda edición, arte de Mónica Caputo.

CONTRATAPA DE LA PRIMERA EDICIÓN por Alberto Luis Ponzo.

Si una breve apreciación acerca del trabajo poético puede parecer poco valorativa, al adelantarse algunas líneas expresivas o formas de mayor gravitación, en el caso de “El color con que atardece” sería arriesgada una tentativa de interpretación que no dejara lugar a las diversas experiencias  literarias de Ricardo Rubio (ensayo, narrativa, filosofía y teatro). Todo esto es lo que respalda, y acaso condiciona, la tónica de un libro que reafirma, no sólo una sostenida unidad poética, sino la presencia indiscutible de quien, con obstinación y  profundidad, ha dado el acento más destacable a una nueva generación.
Puede fijarse en los comienzos de la década del ochenta una patente renovación del lenguaje, con la visión de un mundo cambiante, cruzado de   conflictos, quebrado en sus ideales y en las mismas entrañas de toda representación como valor humano. Dentro de este marco “sentimos el corazón en la punta de los dedos”, escribe Ricardo Rubio;  “Inermes, nuestros brazos no retienen el alba”. O “nacemos para ir perdiendo la luz de las estrellas”. No abstante la devastación o el vaciamiento de los simples e imaginarios destinos del ser en este universo, puede haber salvación y, desde luego, un sentido mayor para todo quehacer artístico.

Ricardo Rubio se pregunta: “¿Dónde la magia, el sitio sagrado, el encantamiento? ¿Dónde ahora la belleza?” La respuesta está quizás no lejos de cada uno de nosotros. El autor de este libro, más allá de “Historias de la flor”, “Arbol con pájaros” o “Simulación de la rosa”, algunos de sus anteriores poemarios, abre aquí distintas posibilidades. Diálogos,  interrogaciones, a manera de una despojada búsqueda de  verdades absolutas, haciendo de “El color con que atardece” una obra, en esencia, ética y plena de imágenes reveladoras de una época donde el hombre “puede helarse de infortunio”. 
Alberto Luis Ponzo
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COMENTARIOS EN CONTRATAPA DE LA SEGUNDA EDICIÓN:
Graciela Maturo
Graciela Maturo:
No nos asombra que preceda al libro un texto preliminar con un epígrafe del Panchatantra. Toda la poesía de Rubio nos ha venido preparando para este encuentro con la sabiduría milenaria de los textos tradicionales. Ahora ve al hombre como el guerrero sagrado que cumple su destino de vértigo, lucha y amor. Reflexiona una vez más sobre las limitaciones de la raza, en la legitimación del saber poético, donde se encuentran sus íntimos personajes: el niño guerrero y el escriba nocturno. Estamos en la instancia que Martín Heidegger ha llamado Die Kehre, el retorno del hombre a su origen, y la vuelta del Ser al hombre. Me hace feliz dar la bienvenida a este libro de Ricardo Rubio y compartir la aventura metafísisca de su poesía.
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Elvio Romero
Elvio Romero:

Son estos versos de Rubio un diálogo con el destino, una canción a lo que la vida tiene de desolado, y hago suyo el acento de la musicalidad que casi no se encuentra en la poesía de hoy. El color con que atardece es uno de los pocos libros que reúnen la melancolía, la exhortación, la reflexión y la honda musa, y tanto puede ser cantado como estudiado. Héroe y escriba, joven y anciano, son circunstancias que tocan al hombre, al poeta o al hermano, un momento y un lugar que sirven a la metáfora para remontar el vuelo.
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Juan-Jacobo Bajarlía
Juan-Jacobo Bajarlía: 
Ricardo Rubio recrea los mitos, trata de ordenar el futuro como ese Tiresias de T. S. Eliot en “El sermón de fuego” de La Tierra baldía (III, vv. 218-220), o como ese Hanrahan de The Power (1928), de William B. Yeats, quien ebrio o sobrio irá por el alba para limpiar las lacras o las cenizas que alimentan a los humanos. La poética sonora de Rubio busca en la dimensión de esos seres míticos, que son el Guerrero y el Escriba, la elevación del hombre y la expurgación del cosmos, sabe que el mundo es un ser perecedero que morirá para rehacerse una y mil veces, como ya lo había intuido Zenón de Citio en el S. IV a. de J. C.


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PRELIMINAR (por el autor)
Tres tipos de hombres recogen
los dorados frutos de la tierra:
el héroe, el sabio consumado
y el que sabe servir.
Panchatantra, Libro I, sloka 45.


La vida no debería ser un simple entrenamiento físico para el tránsito, el trabajo y la final conquista. El niño que deviene hombre siente que su esencia de guerrero lo conduce hacia el vértigo, hacia la lucha y hacia la mujer. Un impulso primario de posesión alude a los elementos que la vida impone a sus individuos desde la oscuridad. El guerrero se desarrolla afín al camino y se perfecciona en la maestría de alguna especialidad, pero la presencia del niño en el núcleo de su ánima no desaparece, es el cimiento de un edificio que ha sumado altura con los años, son los  extremos de un mismo ser, distantes en tiempo y en templanza, que se bifurcan, que se dividen con una virtual cariocinesis que los enfrenta: uno, con las dudas y los deseos que la esperanza sembró en su alma; otro, con la sabiduría que el trayecto le ha ofrecido, roces a través de la niebla de la existencia. Así, el pasado intercambia ideas con el presente.
El racionalismo no admitirá jamás la idea de un propósito que invade las zonas más oscuras de la emoción, no validará una bilocación que atiende a la necesidad de aprovechar cada momento hasta el agudo. Convengamos que el niño guerrero y el escriba nocturno se encuentran dentro de una idea, en medio de un sueño que no pretende ser concepto ni metáfora —a pesar de las afirmaciones casi vehementes a lo largo del poema—, un lugar entre la tierra y el cielo. Ni el uno ni el otro aspiran a ser representaciones sensibles, sólo arrullan un sentido de oposición en cuanto a las formas de mirar y de sentir de un joven en vilo y de un anciano templado.
El hombre regresa al lugar de sus orígenes o muere solo. Su vida tiene algunas victorias y algunas derrotas, y con ellas, risas y lágrimas. Vuelve alguna vez al lugar donde nació y creció. Vuelve a la figura del padre, acaso él mismo, ya viejo y sabio. Esa doble identidad permite al mayor de los hombres el conocimiento absoluto del otro, pues no sólo lo contiene, sino también entrevé su devenir. Este conocimiento no otorga las ventajas que a primera vista parecen intuirse, solamente insinúa un remanso, un estadio de tranquilidad, cuando los recuerdos que vuelven al guerrero tocan los sueños del pasado. A raíz de la catarsis, cobra nuevas fuerzas y vuelve a las fricciones, como debe ser.
Ricardo Rubio
Rcardo Rubio

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* “Mejor Libro del Mes” por la revista Daphne dirigida por Gustavo Soler (2003).

* Mención Especial Única de la Secretaría de Cultura del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, bienio 2002/2003 (2009).

* Segundo Premio “Ariel Bufano” a la versión teatral (El escriba nocturno), otorgado por la Universidad de Morón (2004).

Las ventanas de Alfredo Jorge Maxit


Desde Colón, provincia de Entre Ríos
                                                                      

PROSA Y POESÍA 

Las cosas no son tan simples como parecen. Hasta una flor es compleja; no por nada pasaron millones de años -¿recuerdan a García Márquez?- para fabricar una rosa sin otro compromiso que el de ser hermosa. Por eso, esa oposición que también tiene acercamientos, como el del poema en prosa, no se resuelve como lo hacía tan campantemente aquel maestro de Filosofía (de Literatura diríamos ahora) de una obra cómica de Moliere: Todo lo que no es verso es prosa.
Un abuelo se encontró un día con la pregunta formulada por su nieta de casi 5 años: ¿Cuándo es cuento (prosa)? ¿Cuándo es poesía? Entonces el abuelo recurrió a dos imágenes: cuando las palabras siguen, siguen, es cuento (prosa); cuando cortan, cortan, es poesía.
Quizás ignorándolo, el abuelo así simplificaba aquella distinción del poeta francés Valéry, quien consideraba que la diferencia entre la prosa y la poesía es como la que separa a la marcha o paso normal, de la danza. En el primer caso (sigo aquí un texto de Raúl Dorra al respecto) se persigue un fin puramente práctico, el cual se agota en cuanto el individuo llega a su destino, y en el segundo, en el caso de la danza, el cuerpo se mueve en el espacio sin finalidad alguna o mejor dicho teniendo como finalidad el placer del movimiento. Análogamente, siempre según Valéry, en la utilización prosaica del lenguaje el mensaje se agota en cuanto es comprendido por su destinatario, mientras en la construcción poética el mensaje perdura pues se constituye como una arquitectura de ritmos y cantidades que se sostienen unos a otras. “La poesía es un arte del lenguaje –dice Valéry-. El lenguaje, sin embargo, es una creación práctica”.
Procuro otras precisiones. El ritmo  de la prosa en general es el que más se acerca a la regularidad rítmica natural. Además, el lenguaje de la prosa literaria (el del cuento de la nieta) no es utilitario. Su finalidad es también estética. Pero, incluso cuando se trata de la prosa poética, su principio constructivo (tendencia a la combinación), repetición rítmica que va hacia adelante (sigue, sigue), se distingue de la tendencia de la repetición de la poesía en verso: (corta, corta).
Cada lector bien podría reiterar (colocando la edad correspondiente) la exclamación del burgués gentilhombre de Moliere: ¡Tantos años hablando en prosa sin saberlo!

Alfredo Jorge Maxit


jueves, 22 de marzo de 2012

LA CHAT, de Susana Lamaison



Caligrama de Susana Lamaison

“Hay una gata sola en el Jardín Botánico. Tiene hambre. Tengo que alimentarla porque la gata tendrá muchos gatitos. Los gatitos serán las sonrisas de muchos niños, y los niños felices serán los niños seguros del mañana y el mañana dichoso será posible para este mundo que no advierte hoy que en el Botánico hay una simple gata sola que llora de hambre”.


Éste es el último poema de “Por la rama del paraíso” (La Luna Que, 2002).
Las patitas de la gata son las iniciales del nombre y apellido de la autora:  Susana Lamaison.

Susana Lamaison

Calligramme
Se trata de un poema visual en el que las palabras “dibujan” o conforman un personaje, un animal, un paisaje o cualquier objeto imaginable.
El poeta Guillaume Apollinaire frecuentaba este tipo de poemas visuales a principios del siglo XX. La influencia de Apollinaire en la poesía posterior a 1918 supuso la creación de numerosos ejemplos en diversas lenguas y culturas.
El origen del caligrama se remonta a la antigüedad, y se conservan en forma escrita desde el período helenístico.

NOTICIA DE ULTIMO MOMENTO

El señor REGENTE del Colegio Carlos Pellegrini toca la batería:

ALDO GARIBALDI dándole a los parches...

y lo hace en la casa de un escritor, que aquí no vamos anombrar.


El 2012 viene con todo.



EL HOMBRE DEL TRAJE A CUADROS DE DIEZ COLORES que Llegó en la Carroza de los Días Patrios, novela de Carlos Kuraiem


El hombre del traje a cuadros...
El hombre del traje a cuadros...


Quemar a Mister Black, por Ricardo Rubio


Esta novela, El Hombre del Traje a Cuadros de Diez Colores Que Llegó en la Carroza de los Días Patrios, no simula la época que refiere ni los personajes que invoca y utiliza como abrigo estético uno de los primeros sistemas utilizados en literatura: el humor, la suspicacia, la ridiculización del drama, como ya lo fundara Aristófanes en la vieja Siracusa, aunque desde otra vereda ideológica, en la comedia burlesca de alusión.
La idea y la forma de la idea se funden aquí en un abrazo ético y estético, regalando a la posteridad lectora un panorama simbólico de la realidad social argentina de una época oscura.
En oposición, entre las muchas formas que Carlos Kuraiem podría haber elegido para la consumación de esta obra, optó por la ironía, la síntesis y la prosa poética; un sarcasmo solo inocente en apariencia -se me perdone el oximoron-, digo inocente porque la musa derramada a lo largo de los capítulos de la obra, incluso de los diálogos, suaviza una temática de fondo que solo podría hermanarse con lo siniestro, con lo atroz, con lo negro, tal vez por eso el autor dispone que el amo del poder se llame Mister Black y de vez en cuando lo apelen “negro”. Algo semejante había hecho no mucho tiempo atrás Manuel Scorza, el genial poeta y narrador peruano, autor de novelas inexorables como son Redoble por Rancas o Garabombo, el invisible. Scorza utilizó también el modo clásico: la división por capítulos, que por lo general relatan distintas escenas del mismo asunto o muestran acciones de distintos asuntos en virtud de un tema. Tenemos así varios cuadros o capítulos en El hombre del traje a cuadros…, como Los próceres, hermosísima conjetura con un fondo trágico, que es una alegoría o sumatoria de metáforas que podrían nutrir el mejor de los poemas:
Carlos Kuraiem
Carlos Kuraiem

“Parecen reales los hombres que hablan sentados alrededor de una mesa. ¿Qué mano los tramó? En sus labios inmóviles aún resuenan los ecos de sus voces muertas. ¿Qué se dicen? Puedo adivinarlo; hablan del pasado. ¿De qué otra cosa pueden hablar las estatuas?”
o Los cuadros de agasajo, que se realizan en Casa Negra, donde la imaginería se torna inagotable en sucesos y ocurrencias, sustentadas en la aguda picardía de los nombres: Mister Black, Oligarzo, Despotín, Monseñor Papirillo, que aluden al poder, a la regla, a los preceptos; Alto, Mediano y Bajo insinúan posiciones en el escalafón económico y cada uno es tratado según su altura; Plenipotente, Consejero, Eristos, motes que simplifican el texto al recurrir al común conocimiento del lector, quien además puede distenderse en una sonrisa; y otros muchos de menor relevancia que visten el cuerpo de esta obra notable tejida con este estilo tan poco frecuentado en nuestro medio.
Si bien, anunciada desde un principio, no podía estar ausente -como en casi ninguna novela lo está- la personificación del autor, que ahora se manifiesta como personaje: el Solista, músico interrogado por Mister Black, quien lo entrega a juicio y a los Retenedores, y a partir de allí se parodian varios pasajes de tonos más graves, que evocan, en cierto sentido, el monólogo de Segismundo, encerrado en su cárcel de piedra, en La vida es sueño de Pedro Calderón de la Barca, no por su clausura sino por la crueldad del destino.
Por un trecho no podrá distinguirse al autor del escritor:
“Algo así como lo que mueve las hojas de los árboles es lo que me mueve, pensé y partí con las manos llenas de viento y me hice una guitarra de flores con los recuerdos y pulsé los sueños y retomé el camino que nunca había dejado.”
El final, que no es propio sintetizar aquí, es un majestuoso pandemonio al mejor estilo ardiente de Max Frisch en Los incendiarios. Una obra imperdible por su ingenio, única en su registro y en su denuncia.
Carlos Kuraiem prometió continuación, y la merecería.

Ricardo Rubio
Ricardo Rubio

domingo, 18 de marzo de 2012

RE/CUENTO EN KHORASAN, de Amadeo Gravino

Re/cuento en Khorasan, de Amadeo Gravino.

PALABRAS DE SUSANA LAMAISON EN LA PRESENTACIÓN DEL LIBRO:


Re/cuento en Khorasan atrapa desde el título. Se trata de una obra poética singular con una estructura diferente. Está conformada por 15 apartados de despareja brevedad, en donde el autor, hábil hombre de teatro, juega con el diálogo entre figuras grandiosas de la literatura y el arte en general.
En esta obra la presencia de la barra inclinada, el guión y la bastardilla resignifican el signo lingüístico, lo enriquecen y permiten que nuestra imaginación vuele estimulada por el incentivo que el autor propone.
“Recuento” significa volver a  relatar, narrar, contar, pero también “recuento” es un inventario, la comprobación del número de personas o cosas que forman un conjunto.
¿Por qué Khorasan? Khorasan, también llamada Jorasan o Jurasan, es una de las 30 provincias de Irán, ubicada en el NE, limítrofe de Turkmenistán y Afganistán, famosa por sus caballos, por sus alfombras y por los cultivos de azafrán. Su nombre significa “donde el sol nace” y he ahí la primera afinidad con el contenido de estos poemas en prosa. En ellos está la luz que es la sabiduría del hombre que se enfrenta con la muerte y le echa una mirada evocadora a su pasado por el que transitan madre, padre, mujeres, amigos, vivencias, lugares, gustos, aficiones. Aparece el hombre en soledad enfrentado a Dios, que camina hacia un final, “sin mina fiel ni madre que lo abrace”.
Khorasan en su larga historia ha conocido múltiples conquistadores: persas, griegos, árabes y turcos, entre otros, y ahí, la segunda razón del título, porque esta obra tiene la magia de las literaturas persa y árabe, de las que aprendimos tanto el arte de narrar como el de aplicar la mirada detenida que toda buena descripción demanda.
Tampoco es casual que Khorasan fuera la ciudad natal de Ferdowsi, autor de Schah-Nameh, uno de los más importantes monumentos de la literatura persa. Había sido conquistada por Mahmoud en 1037 y entregada a su hijo Masoud, por su afición a las letras y por su protección a los poetas. Obviamente desde el enunciado inicial  subyace el culto a las letras y a los poetas, que Amadeo ejerce en su vida y en este espacio del Café Literario “Antonio Aliberti”.
“En este lugar el aire flota, como música, como humo; a veces golpea con puños de tormenta; el aire: libro cargado de presencias.”
El lugar que como él dice es casa de Dios, casa del Sol: “espejo donde el mundo se mira y el pájaro eterno que canta sigue enseñándonos, a pesar de todo, cómo subir al cielo”.
Dice Gravino: “este rincón engendra voces que nos descifran”.
No encuentro que en otras obras de Amadeo sea tan amplia la enunciación directa o indirecta de escritores argentinos y universales, así: Nalé Roxlo, Fernández Moreno, Cortázar, Carriego, Borges, Homero Manzi, y Neruda, César Vallejo, Cervantes, Quevedo, Juan Ramón Jiménez, y Poe, Kafka, Baudelaire, Rimbaud, Hölderlin, Novalis, Georg Trakl, Dylan Thomas, Ray Bardbury, Raymond Chandler.
También de compositores e intérpretes: Bach, Mozart, Haëndel, Malher, Canaro, Gardel, Goyeneche, Louis Amstrong, Charlie Parker, Julio Iglesias, Fabiana Cantilo.
Y de pintores: Rafael, Botticelli, Modigliani, Fra Angelico, Rubens, Tiziano, Degas, Van Gogh, Chagall, Héctor Basaldua. Como de hombres del cine: Chaplin, Fellini.
E igual que en Postales de la Memoria aparecen los productos y las marcas de uso frecuente. Así, el caldo Knorr, el desodorante Rexona, la pomada Cobra, el jabón Odex, y el detergente Cierto, la virulana, y en el orden de las bebidas , la Coca Cola, el Cepita de Uva, el Fernet Branca, la caña Mariposa, y después, el Geniol.
Este Recuento nos habla de la amplitud de conocimientos de Amadeo, de sus gustos literarios y musicales, de sus temáticas, y – aunque no es el propósito de estas palabras – se podría hacer un entrelazado de hilos que unieran a estas figuras, por una u otra razón, por una u otra pasión o problemática y, en medio de esa urdimbre, encontraríamos a  Amadeo hombre, autor y poeta, desenmascarado, desnudo de toda vestidura, real, auténtico, genuino, palpable.
Los grandes personajes se transpolan, circulan, entran y salen de la escena, dialogan, reflexionan, conjeturan, son todos y uno mismo, y son el mismo Gravino que se muestra y que dice a través de otras voces que él ficcionaliza en encuentros desiguales, contradictorios, anacrónicos. Khorasan es Iguazú, Asunción, Buenos Aires, Cañuelas, Montserrat…El lugar donde los seres que son él mismo se cuestionan, plantean sus dudas y buscan su respuesta.
Como en la vidriera de los cambalaches o como en los cristales multicolores de un caleidoscopio aparecen el bandoneón y la cantina, la ginebra y el licor, la plaza, la calesita y el circo, los violines, el lamé y la muselina, los autitos chocadores y las hamacas voladoras, candelabros y latas, el cuaderno y las pinturitas, los caracoles y la arena, jirafas y elefantes, el malvón y la madreselva.
La estructura sintáctica es clarísima, compleja y perfecta. Abundan las oraciones unimembres exclamativas precedidas por interjecciones: ¡oh dulce azucarada! , ¡oh tierna figurita!   El uso de vocativos, siempre en posición inicial: amigos míos, querida mía, querida; la adjetivación múltiple: calles desesperadas, locas, violentas calesitas; recuerdos anaranjados verdes y un uso curioso del sustantivo modificado en forma directa por otro sustantivo, como para ampliar el concepto y embellecerlo aún más: estrellas-prendedores, pechos-confite, estrella-libertad, corazón-manteca, ojos- dulce de leche, manos-palomas, mago-poeta, pétalos-olas.
Toda la obra es sumamente plástica; es plena de imágenes visuales y de personificaciones que aparecen como manifestaciones de deseo de una mente libre y soñadora y de un espíritu inquieto y andariego.
En ocasiones, la adjetivación es sinestésica y muy bella: el silencio verde y caliente del sol y, en otras, es audaz y provocativa: el cielo manso como una vaca azul.
Emplea el verbo con sentido iterativo, a veces: aletean aletean; o en progresión vuelan y suben. Utiliza la polisíndeton en enumeraciones: la ciudad  de piedra y lobo y fuego; de jazmín y lana y rueda.
Hay reminiscencias orientales en este paralelismo: caricias de almíbar y recuerdos de nuez. Y algo de budismo en esta seriación de elementos de la naturaleza: agapantos, jazmines, sauces, juncos, achiras. Es la reserva edénica de la que habla Tallarico en Portales de la Memoria de AG.
Su poética es rica en personificaciones, comparaciones y paralelismos sintácticos, como:

El bar canta como un enjambre y refulge como espejismo.
Con piel de caballitos de mar y de gacelas.

No faltan los contrastes marcados: toro grande  de porcelana bebe del río maripositas de espuma.
Son poemas haiku sus aseveraciones de En Cartagena y podrían resultar así:

Un gorrión canta/ despierta el Universo/en Cartagena.
En Cartagena/el tejedor de alfombras /dibuja el mundo.

Quisiera cerrar esta presentación con la lectura de las palabras de Poe (8, 3, pág.31) y de Dante (11,6, pág.38), por la inmensa belleza de sus descripciones, pero voy a parafrasear a Ferdowsi  para decir de Amadeo Gravino:

بناهاى آباد گردد خراب             “Las edificaciones de la ciudad se deterioran
ز باران و از تابش آفتاب            a causa de la lluvia y la luz del Sol”

پى افكندم از نظم كاخي بلند        “Estoy agradecido a este gran palacio del verso
كه از باد و باران نيابد گزند        ya que no puede ser vencido por el viento ni la lluvia”

نميرم از اين پس كه من زنده‌ام   “Yo no partiré cuando concluya mi vida
كه تخم سخن را پراكنده‌ام           permaneceré en la semilla de la lengua [persa].” 


Susana Lamaison